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lunes, 16 de abril de 2012

Retrospectivas


Pensé que no iba a escribir más en el blog pero cambié de idea.
Va algo breve que escribí hace mucho y encontré de casualidad en una carpeta de mi escritorio digital. Creo que no está terminado, es medio abrupto el final. Pensé modificarlo, reescribirlo, completarlo, corregirlo, porque fue otra Caro la que lo escribió... pero me parece que debería respetar a esa Caro, que aunque ahora es distinta, fue en su momento genuina, y si pretendo robarle sus palabras para tener mi blog actualizado, debo acatar al copyright y compartirlo tal cual como lo encontré:


Dicen que cuando una persona está loca, parte de su locura consiste en no reconocer su enfermedad y sostener con fervor todas las incoherencias que su retorcida mente fabrica. Sin embargo, con la evolución del ser humano, los avances tecnológicos, los cambios en las constelaciones y el menjunje de energías que según se dice colapsarán en el 2012, me atrevo a opinar que la Psicología debería replantearse esta afirmación.

Hoy en día, uno es consciente de su locura. La ve nacer, la ve crecer, la alimenta, la cuida como a una hermosa plantita cuyas dulces espinitas van rasgando las ropas, la piel, el alma.

Lo más gracioso es que uno se da cuenta del momento exacto en que esa locura aparece. Puede ocurrir en la infancia, gracias a un humano error de nuestros padres; en la juventud, mientras se surfean angustias existenciales; o en la adultez, frente a situaciones de fuerza mayor que destruyen todo el camino construido a lo largo de la vida, dejando a uno frente a un acantilado de nihilismo. No importa cuándo ni cómo, de un día para el otro hay un ínfimo cortocircuito en algún lugar de la mente, como un microscópico big-bang del que emana un brote de locura que se aferra a nuestro cráneo y permanece allí, como parásito silencioso, esperando algún momento de tensión del cual alimentarse.

Años después, cuando ese brote de locura se haya convertido en un enorme matorral, recordamos esa circunstancia en la que sucedió aquel insignificante cortocircuito y pensamos, con una cínica sonrisa, en lo irónica que es la vida.  




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Reflexión actual: ¡¡¡estaba bastante chapa cuando era pendeja!!!