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miércoles, 30 de mayo de 2012

Relato de un optimista

Había una vez un lindo pecesito.
Sus padres le habían dicho siempre que podría ser todo aquello que se propusiera ser. Pero, ¡vamos!, es muy limitado el futuro de un pez, jamás iba a poder ser un ave, y volar por los cielos hacia lugares exóticos; ni un puma, reflejando sobre su fibrosa negrura la luz clara de la luna, en una pradera desierta; ni un gorila, saltando de rama en rama, exclamando sus imponentes gritos de apareamiento en el medio de la noche.
En fin, no podría ser más que un pegajoso pez, rodeado eternamente de agua, único hábitat conocido y posible para su supervivencia. Y esto le carcomía constantemente el autoestima, el ánimo y el alma escamada.
Hasta que un día se dio cuenta del verdadero poder de las palabras de sus progenitores: cuando uno es honesto consigo mismo y realmente desea algo, en el fondo de su ser reconoce aunque sea un mínimo indicio de que cuenta con la capacidad para lograr su cometido. De ese asomo de confianza es de donde uno debe aferrarse para crear el combustible capaz de lanzarlo hacia sus sueños. Y lo más probable es que, luego del esfuerzo y la perseverancia, finalmente alcance, aunque sea parcialmente, sus metas más sinceras.
Fue una gran revelación para este vulnerable renacuajo; sus aletas se agitaron frenéticamente, sus branquias se abrieron al máximo, y de repente se sintió lleno de energías. Realizó una ansiosa pero profunda introspección para reconocer su máximo objetivo en la vida, y nadó hacia adelante, firme en plan de cumplirlo. Sus padres, orgullosos. Sus amigos y conocidos notaron al instante el cambio en el querido pecesito.
Pero al poco tiempo, lamentablemente, se lo comió un tiburón.

martes, 15 de mayo de 2012

Dibujando Alas

Si intentamos hacer las cosas como los demás, jamás vamos a hacerlas bien. Por un lado, porque tendremos una vara muy estricta y ajena para medir nuestro rendimiento, y es sabido que es todo tan subjetivo, que no se puede evaluar a todos de la misma forma. Así, nunca vamos a tener la sensación de hacer las cosas bien, porque nos estaremos comparando con una perfección relativa que nosotros calificamos como tal según criterios personales (que suelen ser muy injustos hacia uno mismo).

Por otro lado, porque cada uno tiene sus propias capacidades, por lo que se desempeñará de la mejor forma posible -siempre y cuando estemos hablando de una persona activa y proactiva- dentro de lo que tiene a su alcance y sus habilidades le permitan. Entonces, si intentamos imitar o asemejar nuestra obra (me refiero con obra a cualquier acción o ejecución, sea una pieza artística o simplemente una forma de vida o de pensamiento) a la de otro individuo, estaremos forzando a nuestro ser a realizar movimientos que le son ajenos. Es decir, que no se aprovechan ni estimulan las capacidades propias, sino que se intenta convencer al cuerpo y la mente de que tiene que funcionar de la manera en que funciona otro cuerpo y otra mente. De esa forma, no se logra explotar la espontaneidad que cada uno posee. Si se consiguiera hacer eso, quizás se encontrarían nuevas expresiones, que más allá de si son buenas o malas (según modelos o parámetros preestablecidos, a los cuales no debería dárseles tanto poder de crítica), serían originales, y por ello, virtuosas.

Queriendo mantener a flote este blog, les regalo ese vómito reflexivo. (¡Que término agradable!)