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martes, 3 de julio de 2012

El hombre y el árbol.

Nuevamente presento un cuento mio que han publicado el 10/06/2012 en www.psicofxp.com

http://www.psicofxp.com/c/articulos/1487-el-hombre-y-el-arbol.html

Se llama "El hombre y el árbol" y me gusta mucho.

Os lo presento:


Esta es la historia de un hombre que se enamoró de un árbol. En el momento en que su pecho se abrió y su corazón se perdió entre las ramas de aquel gigante natural, supo que era un romance poco conveniente: se prestaba para posibles fallas en la comunicación, presentaba evidentes dificultades para la reproducción, y no era muy bien visto por la sociedad. Pero el verdadero amor es espontáneo, incontrolable para el ser humano –aunque éste viva la soberbia ilusión de ser timonel del curso del planeta. Por lo tanto, no podría hacer nada al respecto; ya sentía mariposas en la panza, y las veía, de colores, revoloteando alrededor de su amado árbol.

Al instante en que descubrió el amor brotar en sus células y expandirse por el torrente sanguíneo hacia cada extremidad de su cuerpo, reconoció que aquel era el verdadero amor, anhelado secretamente por casi todo el mundo. Todos los sentimientos que había experimentado previamente con seres de su misma especie, habían sido en realidad un simulacro, una ilusión de lo que en verdad es el amor. Fueron reales, de eso estaba seguro, y habían sido muy similares a lo que ahora sentía, pero ahora era completamente puro y sincero. Por primera vez, corría libre como un río con pleno caudal sin importarle las represas que pudieran interponerse.

Lo bueno de este exótico romance, creía el hombre, es que no tendría los típicos conflictos que tiene cualquier relación corriente. Se evitarían las incómodas presentaciones familiares, los insoportables planteos de celos o falta de atención, los naturales cambios de ánimo y humor, el temible compromiso y el aún más temible abandono. El árbol estaría siempre allí, erguido en medio de la naturaleza, y jamás le haría crítica alguna sobre sus miserias y vicios, lo aceptaría tal cual es sin pretender cambiarlo. Sus grandes y profundas raíces lo sostenían, no debería preocuparse por contenerlo ni apoyarlo en momentos de inestabilidad que jamás sufriría, ni por despertar un día y ver que su amado lo había dejado, cansado de sus manías. Su árbol sería siempre hermoso; su belleza no podría ser corrompida por el inevitable paso del tiempo, ya que, al revés del envejecimiento humano que vuelve al hombre más frágil y propenso a ser marginado y desvalorizado, al árbol los años lo volverían más fuerte e imponente.

Sin embargo, una venenosa inquietud no tardó en aparecer. Cada tanto, al visitar a su amado, encontraba a alguna persona descansando a la sombra de sus tupidas ramas, apoyada suave y relajadamente sobre su tronco. Al principio, le resultó lógico que alguien quisiera resguardarse de la intensidad del sol bajo la fresca protección del árbol, hasta que recordó que él mismo, con su espalda posada sobre las irregularidades de su oscura corteza, se había sentido protegido, cómodo y feliz, y tales sentimientos lo habían iniciado en el enamoramiento. Comenzaron, entonces, a emerger esos celos dañinos que, como huracán, arrasan con el autoestima y la fuerza de voluntad. Lo grave es cuando se llega al punto en que los celos logran dominar el resto de las emociones, interceptando toda información y manipulándola, con el fin de volvernos locos. Al hombre enamorado comenzó a consumírsele el raciocinio, y un impulso de ira se iba despertando cada vez que veía un ave revoloteando alrededor de su amado, o una ardilla trepando por sus ramas, o un barrilete dándole sombra, o una hormiga robándole una hoja, o a cualquier ser vivo estableciendo algún tipo de relación, aunque indirecta, con su adorado árbol.

Llegó un momento en el que la paranoia producida por el recelo y la inseguridad, se volvió demasiado intolerable, y el hombre despertó de su ofuscación, horrorizado por su estado. Entonces decidió alejarse, abrir su camino y pensar en otra cosa, e intentar retomar relaciones amorosas con personas y no con plantas ni vegetales. Es increíble, pensaba el hombre, cómo las emociones y los sentimientos del alma son los que determinan el devenir de nuestra vida, pero nuestro cerebro se las ingenia para hacernos creer que lleva el control. La mente desarrolla teorías inventadas con el fin de bloquear los instintos y conducirnos hacia donde una falacia universal intrínseca e implícita determina que corresponde dirigirse. Sin embargo, aquel que es realmente valiente y honesto consigo mismo, se deja llevar por los impulsos más sinceros. El hombre, para su propio pesar, era valiente y honesto, y finalmente triunfaron sus sentimientos. Amaba realmente a ese árbol, con toda su esencia y su existencia.

Cayó en una especie de pozo depresivo, ese pozo oscuro que está lleno de corazones rotos y almas desamoradas. Lloraba regularmente, casi sistemáticamente, anhelando la vista de aquel monumento natural al que amaba con insoslayable devoción. Cuando, por momentos, lograba tranquilizarse, cualquier insignificancia lo hacía recordar su angustia. Lloraba en el otoño porque las hojas caían y pensaba en su amado con las ramas descubiertas, mostrándose vulnerable y desierto. Lloraba en invierno, pensando en su amado cubierto por la agresiva nieve que no tiene piedad, y cae sobre sus ramas, rompiendo algunas, y humedeciendo cada grieta de su madera. Lloraba en primavera, al ver nacer las flores, imaginando lo bello que se vería su árbol con un verde recién pintado, iluminado por el sol. Lloraba en la oficina, cuando veía a un compañero romper una hoja de papel, pensando en el árbol que habrían matado para fabricarla. Lloraba y se sonaba los mocos con un pañuelo descartable, y al tirarlo al tacho de basura, lloraba de nuevo pensando en que también por ese pañuelito que él tiraba despectivamente, habrían matado a otro árbol.

Nuevamente, buscó virar su perspectiva ciento ochenta grados, hasta poder verse a sí mismo lo más objetivamente posible, y se dio cuenta que era absurdo continuar con el autoengaño. Qué sentido tenía vivir de esa manera, enloquecido por la pena, abrumado por la nostalgia. Había sentido el amor verdadero, valioso tesoro que infinitos navegantes buscan por siglos, y cuyas historias casi siempre terminan en naufragios sin éxito. En cambio, a él, el amor le tocó el hombro mientras miraba, distraído, hacia otro lado.

Desde aquel día en que tuvo semejante revelación, no se volvió a despegar de su amado árbol. Se lo puede ver, hoy en día, sentado a su sombra, con la piel veteada como la madera.



The end.

Imagen realizada exclusivamente para este cuento, por Nahuel Hartkopf

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