Se ha producido un error en este gadget.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Día de la música.

En mi afán por resolver aquellos misterios cotidianos de la vida, he llegado a coquetear con la locura, o por lo menos rozado una crisis nerviosa. Más allá de que la diversidad me parece fascinante, a veces me supera el nivel de ambigüedad al que nos enfrentamos. 

Toda hipótesis que me planteo suele perder validez o abrir más y más posibilidades. Y también me fascina la cantidad de caminos que se pueden abrir gracias a la curiosidad y la duda. Sin embargo, insisto, algunas veces me parece demasiado complejo todo y siento que mi hipersensibilidad me juega en contra. Me agarra ansiedad por resolver estos eternos misterios; la intriga me alimenta y mantiene viva la esencia lúdica de la niñez, pero también llega a angustiarme la falta de certezas y la inestabilidad del azar. 

La vida en sí es un sube y baja, y aunque meditemos o hagamos terapia, o nademos contra la corriente en busca del anhelado equilibrio, es inevitable que cada tanto nos patinemos hacia arriba o hacia abajo, en picos de felicidad adrenalínica [licencia poética] o pozos de tristeza paralizante.

Frente a la sobredosis de estímulos, tanto racionales como emocionales, que nos inyecta diariamente la vida, a veces me siento perdida, como drogada en un laberinto surrealista de incógnitas. 

Pero de repente me encuentro frente a una poción mágica que me rescata del caos aunque sea por unos instantes: la música. No es metáfora ni poesía. De golpe aparece una melodía, un ritmo, una voz o un sonido que se clava en el cuerpo y moviliza todas y cada una de sus partículas. La música atraviesa el cuerpo, agita las células, bombea el corazón de algo más que sangre, porque la sangre no es suficiente. La música, en cambio, sí es suficiente, al menos por un rato. Eriza los pelos, despierta emociones, sacude los músculos.

Agradezco que mis sentidos sean capaces de captar con tanto fervor las pulsiones de la música, porque no sé qué sería de mí si no sintiera cada tanto uno de esos escalofríos que provoca. Agradezco que haya gente tan talentosa, tan sensible, tan delicada para crear obras que me generen semejantes escalofríos. 

Estoy feliz también de que mi cuerpo se mueva y mi garganta se abra, y se me llenan los ojos de lágrimas cuando, ya sea bailando, cantando, o jugando a tocar la guitarra con mis amigos, logro abstraerme de cualquier incertidumbre y siento que todo en este mundo es perfecto y no hay nada a qué temerle. 

Feliz día de la música.