domingo, 5 de agosto de 2012

Segunda parte de no se qué: Continúa el Misterio.

La simetría convive con la asimetría.
El orden convive con el caos. 
El azar convive con el destino, la casualidad con la causalidad, la subjetividad con la objetividad.
La vida es un enorme cuadro de Escher donde se confunde el punto de fuga, y todo depende de la perspectiva desde la cual se observan las cosas. 
Una hormiga es grande en comparación con un microbio, pero pequeña en comparación a mi pie. 
Un ser humano es gigante frente a una hormiga, pero un punto microscópico en medio del espacio.

[Salgo a la calle y veo en el cielo un globo que juguetea con el viento. ¿Es casualidad? A simple vista, sí. Pero dos horas atrás, la mano torpe de una niña soltó el globo y éste se alejó ante los ojos desconsolados de la criatura que lo ve volar por el aire -ella jamás podrá volar. Su mano torpe es la causa, mi encuentro afortunado es el efecto, desde una perspectiva más amplia.]

¿De dónde sale la simetría?
Creo que nadie puede discutir que Brad Pitt es buen mozo. A mí no me gustan los rubios, pero objetivamente puedo afirmar que es lindo. Debe haber en su estructura ósea, en la organización de los rasgos dentro de su cara -vaya uno a saber-, algún orden natural. 

Existen fórmulas mágicas. Milenarias fórmulas mágicas.
Es pura química, la magia no está en su creación sino en su consecuencia.
Una melodía que tiene un efecto detonante, moviliza los átomos del sector cardíaco de un ser humano. De repente, euforia o melancolía. Magia.

Me maravilla lo que ocurre cuando sacamos una foto muy de cerca. 
Un plano detalle de la corteza de un árbol, el asfalto, una campera,  cualquier cosa de esas que solemos ver sin mirar, sin observar en detalle, una mirada "macro". Una foto del asfalto con el lente pegado al suelo nos permite ver una imagen nueva, que jamás habíamos percibido al ver el asfalto. [Cuando esperamos para cruzar la calle, cuando llueve y caen las gotas, cuando caminamos sorteando obstáculos de caca de perro.] Vemos cada partícula gris y parece un micro-universo, podemos jugar a confundir al ojo e imaginar que es una imagen panorámica desde el cielo. Podría ser una foto del universo, pero es la foto del asfalto, eso que yace bajo nuestros pies en la ciudad fría. Y por qué no pensar que podría ser un cosmos que está debajo, y que dentro del asfalto existen galaxias y sistemas solares y planetas Tierra. 
O pensar que somos asfalto. O pensar en la cantidad de cosas que pueden haber en el espacio, si en lo más mínimo hay cosas desconocidas. ¡Qué quilombo!


¿Existe la polaridad? ¿Los extremos? Entre ellos están los grises, que son más valiosos que el blanco o el negro. 
Pero si hablamos de extremos, significa que hay un fin. Un límite, una frontera. O sea, no habría infinito. Es finito, en algún momento llegaríamos al extremo. Pero, ¿qué hay luego? ¿Puede, simplemente, no haber nada? 


¿Podemos aplicar eso en la práctica cotidiana?
Cuando nuestra mente deambula hacia el infinito, con infinitas maquinaciones e infinitas preocupaciones e infinitas dudas, podríamos simplemente parar. Cruzar la frontera del infinito y quedarnos flotando en la nada, para descansar un segundo y relajarnos. Volver, siempre volver, me gusta volver. Pero no estaría nada mal tener un instante de nada


O quizás no existen los extremos, siempre puede haber más. Abrir el abanico 360 grados y continuar. Es un círculo, una espiral. La forma de un caracol, de las galaxias; la simetría. 

[Me gustan las palabras: asfalto. euforia. elocuente. luciérnaga.]


Estoy hilando una serie de pensamientos que podrían tener sentido si supiera cómo ordenarlos. Un rompecabezas inmenso, y siempre falta una pieza.


Y como cierre, en honor a la confusión que acabo de escribir, en honor a la espiral, a la simetría, al infinito, y a las dudas que no van a dejar de desvelarme, cierro la segunda parte con el mismo cierre de la primera parte. ¿Por qué? Énfasis. 


La dimensión temporal-espacial que transitamos es totalmente subjetiva, porque responde a las fronteras y parámetros que conocemos y definimos nosotros mismos en sociedad (el reloj, los límites geográficos, los trazos de grafito en una hoja). Pero la naturaleza tiene cierta objetividad que va más allá de la sociedad, más allá de la Tierra, más allá del Sistema Solar. Tiene simetría.


Fin de no se qué.


Cuadro de Escher.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Primera parte de no se qué.

Todos reciben lo que dan. No sé si es karma o simplemente un equilibrio al que la naturaleza tiende. 
No se trata de dar para recibir, es algo que fluye solo, es más profundo y esencial. Y a veces, lo que uno se merece, bueno o malo, se demora en llegar y hay una especie de limbo en el que la vida parece muy injusta. Pero si das amor, seguramente recibas amor. Si repartís alegría, seguramente te llenes de alegría.

Este fragmento lo escribí mucho antes de haber desarrollado la "teoría" que propongo en el primer post de este blog: ¿Picsa o Pitsa?
Y puede ser medio contradictorio, pero quiero ampliarlo y pulirlo, porque en el fondo, creo que parten de un mismo principio.

Plantée en su momento la convivencia eterna que veo entre la casualidad y la causalidad. Sin embargo, queda claro que considero que la base de todo es la causalidad,  y que tenemos una gran responsabilidad y control (no total, porque existen las fatalidades casuales) sobre los acontecimientos que nos suceden. 


Pero a su vez, existe convivencia entre la subjetividad y la objetividad. Es un poco más complejo, porque ya desde el vamos se parte de una relatividad: para determinar si algo es objetivo o subjetivo, depende de dónde ponemos el foco. 

Si nos focalizamos en el sujeto, todo es totalmente relativo, ya que hay tantas verdades posibles como cantidad de personas en el planeta. Depende de las interpretaciones personales, y éstas, a su vez, dependen de las experiencias y conocimientos de cada uno. Y esta propiedad del ser humano de poder interpretar la vida desde su propia perspectiva, libremente, sin la necesidad de un paradigma que recorte nuestra mirada a una concepción predeterminada, es lo que hace más entretenida la existencia. 

[Es importante entrenar la capacidad de escuchar las interpretaciones de los demás, ya que nos permitirá enriquecer las nuestras. Pareciera ser un tabú discutir sobre ideologías, como si la tolerancia dependiera de cuánto nos acatamos a lo que el otro dice. Yo creo que la verdadera tolerancia y el respeto por la filosofía del otro consiste en absorver, asimilar, y sacar las propias conclusiones sobre lo que el otro plantea, demostrando así que se valora lo suficiente al otro como para reflexionar sobre sus opiniones.]


Pero si nos focalizamos en el objeto, existe cierto nivel de universalidad. Aunque la subjetividad es lo que enriquece la vida, la objetividad ordena el universo. La naturaleza está llena de cosas indiscutiblemente bellas; más allá de los gustos personales, hay cosas que son definitivamente estéticas, porque respetan cierta simetría. Un rostro hermoso, una flor, un caracol. Una espiral, el universo, la vía láctea y todas las demás galaxias. El infinito.

FIN DE LA PRIMERA PARTE


PD de la primera parte: en base a la mencionada dualidad objetividad/subjetividad, creo que lo que uno llama karma, es en realidad una red de causalidades que si las vemos desde una perspectiva más amplia, trascendente a nuestra propia visión -como si nos escapáramos de nuestro cuerpo y pudiéramos visualizar todo desde la luna o algún otro punto alejado- podríamos reconocer fácilmente. La dimensión temporal-espacial que transitamos es totalmente subjetiva, porque responde a las fronteras y parámetros que conocemos y definimos nosotros mismos en sociedad (el reloj, los límites geográficos, los trazos de grafito en una hoja). Pero la naturaleza tiene cierta objetividad que va más allá de la sociedad, más allá de la Tierra, más allá del Sistema Solar. Tiene simetría. 

No estoy sugiriendo nada. Recorté esto en dos partes y continúo en nuevo post mañana porque me di cuenta que a medida que voy escribiendo sobre este tema, me van surgiendo nuevas dudas y se abren miles de posibilidades. Cuando mi mente se aleja por un instante, apenas unos centímetros de mi cuerpo, e intento ver el todo en lugar de la parte que me corresponde, me da vértigo y vuelvo corriendo a resguardarme en lo conocido, lo simple.


Continuará...

lunes, 16 de julio de 2012

Cuento y Reflexión

Tengo abandonado el blog, ando medio bloqueada. 
Para mantenerlo a flote, voy a compartirles otro cuento de los que me publican en www.psicofxp.com.
Y al respecto, voy a hacer un comentario: me gusta escribir cuentos que no cumplan las expectativas. Significa para mi una revelación frente a algo que me molesta de mí misma: el generarme expectativas que luego no se cumplen, y entonces me decepciono. Para romper con ello, me divierte escribir cuentos que generen en el lector una expectativa que luego no se cumple; pero la idea no es decepcionar, sino mostrar otra alternativa que puede ser mejor o no, pero al menos genera esa sensación de ruptura de prejuicios que lleva a uno a reflexionar (en el mejor de los casos). Corro el riesgo de que mis cuentos no les gusten, pero hasta ahora me encuentro satisfecha de las repercusiones, porque les gusten o no, me responden con ideas nuevas que les surgieron luego de leerlos. Y me encanta que se pongan a flashear como yo, algunos hasta empezaron a escribir también sus propios blogs o cuentos =)

Dicho esto, prosigo a presentarles un cuento ya publicado el 23/06/2012 en el siguiente link:
http://www.psicofxp.com/c/articulos/1508-cuento-el-cofre-de-rene.html

Con ustedes, 

El Cofre de René

René padecía una gran maldición: todos los días era una persona diferente. Su personalidad no sufría modificaciones, pero su cuerpo cambiaba, así como también el contexto en el que se encontraba, en cada amanecer. Su familia era otra, sus amigos eran otros, y aunque los reconocía como propios, no eran los mismos que el día anterior. 

Su vida no había sido siempre así. Recordaba cuando alguna vez alguien le advirtió que debía aprender a ponerse en los zapatos del prójimo, o cuando alguna ex pareja le había criticado su falta de empatía. Ahora nadie podría quejarse de ello, ya que sus zapatos cambiaban constantemente y experimentaba todo tipo de condiciones de vida.

Una mañana despertó en la bohemia de una vida de ocio en una mansión heredada, y pasó todo el día disfrutando del pleno hedonismo. En otra ocasión, fue vagabundo, y pasó el día revolviendo tachos de basura, tolerando a duras penas su propio hedor. Alguna vez fue asesino a sueldo, y debió hacer un gran esfuerzo por eludir la encomienda de cometer un crimen. Fue prostituta, fue millonario, fue empleada pública, fue político, fue ama de casa, fue empleada doméstica, fue bailarín del ballet nacional, fue director de cine, fue cantante lírica. Desde hacía algunos años -había perdido ya la cuenta del tiempo transcurrido desde la primera mutación-, había pasado por todo tipo de empleo, clase social, nacionalidad y escenario.

Lo que no variaba era su edad, que mantenía la natural coherencia cronológica, y su imperturbable memoria, que archivaba ordenadamente cada vivencia. Lo cual significaba para René una gran carga emocional; guardaba cada lamento, cada alegría, cada éxito y cada fracaso de todos los personajes que había encarnado.

Exceptuando algunas oportunidades en las que sentía particular fastidio por tanta inconsistencia crónica, sobre todo cuando le tocaba un rol específicamente desagradable o amoral, René había caído en un estado de resignación propio de aquellos a quienes el azar ha impuesto una condición inexorable. Su estado se le presentaba como una discapacidad sin tratamiento posible, una condena irreversible.

Al principio, antes de acostarse, sentía oprimirse su pecho del miedo por la forma que podría adoptar su cuerpo el día siguiente. Llegó a temer, alguna vez, que las mutaciones llegaran al punto de convertirle en un animal, o incluso peor, un objeto. También le sucedió, en algunas oportunidades, que la suerte le ofreció experiencias idílicas de las que se negaba a desprenderse, luchando sin éxito por mantenerse en vilo hasta que el cansancio triunfara sobre su empeño, dejando atrás una morfología agradable para dar lugar a la incógnita que albergaba un nuevo amanecer. Sin embargo, cuando comenzó a acostumbrarse, René se convirtió a un estoicismo poco heroico, más bien como instintivo mecanismo de defensa. Transitó, a partir de ello, por cada metamorfosis con las emociones casi inalterables, y los sentimientos totalmente bloqueados, resguardados en un compartimento mental que creó para protegerse.

Su preciado tesoro era su esencia, su alma que subsistía dentro de aquel cofre de alta seguridad, donde hibernaban sus emociones en un edén privado y secreto. Imposible era ingresar en tal bóveda metafórica, incluso para René, quien se conformaba con preservar allí sus valiosas intimidades, con la certeza de que algún día todo acabaría y podría realizar una excavación introspectiva para recuperar su naturaleza primitiva, intacta e inmaculada a pesar de las periódicas alteraciones. 


.:.:.Fin.:.:.

Ilustración hecha a partir de la lectura del cuento, por




martes, 3 de julio de 2012

El hombre y el árbol.

Nuevamente presento un cuento mio que han publicado el 10/06/2012 en www.psicofxp.com

http://www.psicofxp.com/c/articulos/1487-el-hombre-y-el-arbol.html

Se llama "El hombre y el árbol" y me gusta mucho.

Os lo presento:


Esta es la historia de un hombre que se enamoró de un árbol. En el momento en que su pecho se abrió y su corazón se perdió entre las ramas de aquel gigante natural, supo que era un romance poco conveniente: se prestaba para posibles fallas en la comunicación, presentaba evidentes dificultades para la reproducción, y no era muy bien visto por la sociedad. Pero el verdadero amor es espontáneo, incontrolable para el ser humano –aunque éste viva la soberbia ilusión de ser timonel del curso del planeta. Por lo tanto, no podría hacer nada al respecto; ya sentía mariposas en la panza, y las veía, de colores, revoloteando alrededor de su amado árbol.

Al instante en que descubrió el amor brotar en sus células y expandirse por el torrente sanguíneo hacia cada extremidad de su cuerpo, reconoció que aquel era el verdadero amor, anhelado secretamente por casi todo el mundo. Todos los sentimientos que había experimentado previamente con seres de su misma especie, habían sido en realidad un simulacro, una ilusión de lo que en verdad es el amor. Fueron reales, de eso estaba seguro, y habían sido muy similares a lo que ahora sentía, pero ahora era completamente puro y sincero. Por primera vez, corría libre como un río con pleno caudal sin importarle las represas que pudieran interponerse.

Lo bueno de este exótico romance, creía el hombre, es que no tendría los típicos conflictos que tiene cualquier relación corriente. Se evitarían las incómodas presentaciones familiares, los insoportables planteos de celos o falta de atención, los naturales cambios de ánimo y humor, el temible compromiso y el aún más temible abandono. El árbol estaría siempre allí, erguido en medio de la naturaleza, y jamás le haría crítica alguna sobre sus miserias y vicios, lo aceptaría tal cual es sin pretender cambiarlo. Sus grandes y profundas raíces lo sostenían, no debería preocuparse por contenerlo ni apoyarlo en momentos de inestabilidad que jamás sufriría, ni por despertar un día y ver que su amado lo había dejado, cansado de sus manías. Su árbol sería siempre hermoso; su belleza no podría ser corrompida por el inevitable paso del tiempo, ya que, al revés del envejecimiento humano que vuelve al hombre más frágil y propenso a ser marginado y desvalorizado, al árbol los años lo volverían más fuerte e imponente.

Sin embargo, una venenosa inquietud no tardó en aparecer. Cada tanto, al visitar a su amado, encontraba a alguna persona descansando a la sombra de sus tupidas ramas, apoyada suave y relajadamente sobre su tronco. Al principio, le resultó lógico que alguien quisiera resguardarse de la intensidad del sol bajo la fresca protección del árbol, hasta que recordó que él mismo, con su espalda posada sobre las irregularidades de su oscura corteza, se había sentido protegido, cómodo y feliz, y tales sentimientos lo habían iniciado en el enamoramiento. Comenzaron, entonces, a emerger esos celos dañinos que, como huracán, arrasan con el autoestima y la fuerza de voluntad. Lo grave es cuando se llega al punto en que los celos logran dominar el resto de las emociones, interceptando toda información y manipulándola, con el fin de volvernos locos. Al hombre enamorado comenzó a consumírsele el raciocinio, y un impulso de ira se iba despertando cada vez que veía un ave revoloteando alrededor de su amado, o una ardilla trepando por sus ramas, o un barrilete dándole sombra, o una hormiga robándole una hoja, o a cualquier ser vivo estableciendo algún tipo de relación, aunque indirecta, con su adorado árbol.

Llegó un momento en el que la paranoia producida por el recelo y la inseguridad, se volvió demasiado intolerable, y el hombre despertó de su ofuscación, horrorizado por su estado. Entonces decidió alejarse, abrir su camino y pensar en otra cosa, e intentar retomar relaciones amorosas con personas y no con plantas ni vegetales. Es increíble, pensaba el hombre, cómo las emociones y los sentimientos del alma son los que determinan el devenir de nuestra vida, pero nuestro cerebro se las ingenia para hacernos creer que lleva el control. La mente desarrolla teorías inventadas con el fin de bloquear los instintos y conducirnos hacia donde una falacia universal intrínseca e implícita determina que corresponde dirigirse. Sin embargo, aquel que es realmente valiente y honesto consigo mismo, se deja llevar por los impulsos más sinceros. El hombre, para su propio pesar, era valiente y honesto, y finalmente triunfaron sus sentimientos. Amaba realmente a ese árbol, con toda su esencia y su existencia.

Cayó en una especie de pozo depresivo, ese pozo oscuro que está lleno de corazones rotos y almas desamoradas. Lloraba regularmente, casi sistemáticamente, anhelando la vista de aquel monumento natural al que amaba con insoslayable devoción. Cuando, por momentos, lograba tranquilizarse, cualquier insignificancia lo hacía recordar su angustia. Lloraba en el otoño porque las hojas caían y pensaba en su amado con las ramas descubiertas, mostrándose vulnerable y desierto. Lloraba en invierno, pensando en su amado cubierto por la agresiva nieve que no tiene piedad, y cae sobre sus ramas, rompiendo algunas, y humedeciendo cada grieta de su madera. Lloraba en primavera, al ver nacer las flores, imaginando lo bello que se vería su árbol con un verde recién pintado, iluminado por el sol. Lloraba en la oficina, cuando veía a un compañero romper una hoja de papel, pensando en el árbol que habrían matado para fabricarla. Lloraba y se sonaba los mocos con un pañuelo descartable, y al tirarlo al tacho de basura, lloraba de nuevo pensando en que también por ese pañuelito que él tiraba despectivamente, habrían matado a otro árbol.

Nuevamente, buscó virar su perspectiva ciento ochenta grados, hasta poder verse a sí mismo lo más objetivamente posible, y se dio cuenta que era absurdo continuar con el autoengaño. Qué sentido tenía vivir de esa manera, enloquecido por la pena, abrumado por la nostalgia. Había sentido el amor verdadero, valioso tesoro que infinitos navegantes buscan por siglos, y cuyas historias casi siempre terminan en naufragios sin éxito. En cambio, a él, el amor le tocó el hombro mientras miraba, distraído, hacia otro lado.

Desde aquel día en que tuvo semejante revelación, no se volvió a despegar de su amado árbol. Se lo puede ver, hoy en día, sentado a su sombra, con la piel veteada como la madera.



The end.

Imagen realizada exclusivamente para este cuento, por Nahuel Hartkopf

lunes, 25 de junio de 2012

Manual para vencer el PREJUICIO.

En esta oportunidad, propongo que nos saquemos las caretas, soltemos el forzado estandarte de la extrema tolerancia, y abordemos sin inhibiciones un tema casi tabú: los prejuicios.

Vamos, ¡no seamos hipócritas!
Todos, absolutamente todos prejuzgamos, me atrevo a afirmar autoritariamente.
Estoy segura que hasta la persona con el corazón más puro y benefactor del mundo elabora sus propios prejuicios.
Porque prejuzgar, como la palabra lo indica, significa formar una opinión sobre algo o alguien previo a tener cabal conocimiento de ello.
Y nos la pasamos haciendo conjeturas, creando pre-conceptos y sacando conclusiones anticipadas.
Es algo inevitable, una cualidad propia e intrínseca del ser humano.

Por eso considero que hay que dejar de ser hipócritas, de llenarnos la boca de juicios de valor, de dar cátedra en contra del acto de prejuzgar, porque todos lo llevamos a cabo aunque sea una vez.


No hay que amonestarlo. 

Lo primordial para ejercer la tolerancia y el respeto por el prójimo no es negar el prejuicio, sino vencerlo. Consiste en no acomodarse bajo la sombra de las especulaciones subjetivas, sino enfrentarlas.
¿Cómo? Es tan simple como abrir la mente y no permitir que el prejuicio nos predisponga negativamente frente a su "víctima".

Considero -a riesgo de ser malinterpretada- que puede realizarse de tres maneras que creo igualmente adecuadas, según la ocasión (suponiendo que se tiene prejuicio sobre "alguien" y no "algo", pero luego se puede adaptar a las circunstancias).

Instrucciones para vencer el prejuicio:

1) Buscar la forma de conocer a la persona sobre la que se tiene el prejuicio, para refutarlo o confirmarlo.
2) Si no se desea forzar la relación con la persona prejuzgada, dejar las puertas abiertas para que, si el destino los cruza, se le pueda dar una oportunidad (todos merecemos al menos una oportunidad).
3) Si el prejuicio está muy arraigado, o es influenciado por fuentes que consideramos confiables, quizás no sea demasiado necesario darle una oportunidad a la persona sobre la cual se instauró el prejuicio. En este caso, el correcto proceder es continuar el curso de la vida, otorgarle a dicha persona respeto y buena educación si se presenta alguna circunstancia de interacción ineludible, y de ninguna manera militar en su contra.

*(Si se planea declarar una guerra, sin falta cumplir el punto 1 de mi manual para vencer el prejuicio, para contar con fundamentos. Bajo ninguna condición declarar una guerra a partir de prejuicios.).

martes, 19 de junio de 2012

La premonición de Margarita.

Continuamos con las re-publicaciones de mis cuentos, que se leen primero en www.psicofxp.com

Este salió publicado el 04/06/2012 y el link es:
http://www.psicofxp.com/c/articulos/1481-la-premonicon-de-margarita.html

Enjoy yourselves!


Margarita, de repente, tuvo un presentimiento. Fue instantáneo; de un momento a otro, en su cabeza había un eco premonitorio. Se ha dicho en infinitas oportunidades que las mujeres son brujas, pero luego de mucho tiempo y muchas luchas, tal palabra fue reemplazada por el cariñoso eufemismo “intuición femenina”. Es evidente, no obstante, que existe cierta predisposición del género femenino a ser receptor de mensajes metafísicos que anticipan sucesos con bastante precisión. Supongo que alguien con estudios especializados podría profundizar en dicho asunto, mas no es el momento ni el lugar para focalizarnos en ello.

El caso es que Margarita sintió nacer en su pecho la certeza de que ese día alguien golpearía a su puerta. El presentimiento no vino acompañado de ninguna sensación aproximada al miedo, aunque sí le generó una expectativa, que a partir de ese momento, afectaría todas sus actividades. Cualquier sonido que atravesara el espacio sería asociado al esperado ruido del golpe de la puerta, y Margarita se asomaría cada tanto por la ventana para revisar si había alguien buscándola. La paciencia no era una virtud que la caracterizara, pero supo en ese instante que debería controlar su ansiedad, porque algo le indicaba que aquello que esperaba se tomaría su tiempo en llegar.

Se sentó en una silla, con los brazos apoyados sobre la mesa y la mirada perdida hacia la nada, decidida a especular sobre aquel inminente golpe en la puerta. El arte de especular: la creatividad del ser humano llevada a los extremos de la paranoia, con el fin de elucubrar teorías y perderse en hipótesis que no tienen, necesariamente, una base real. La especulación la llevó por diversos caminos, desde las posibilidades más sencillas e irrelevantes, hasta las extravagancias más rebuscadas y exageradas, y la premonición de un simple golpe en la puerta, era ahora una fantasía llena de variantes y sugerencias.

La mente nos puede jugar en contra en circunstancias como la que le acontecía a Margarita. El asunto se complica, sobre todo, cuando existe una incógnita. Solemos llenar los vacíos de información con ideas que pueden llegar a bordear la ridiculez. Estamos acostumbrados a los límites, a medir todo en bloques determinados por fronteras, y cuando entra en juego la imaginación, tan libre y desestructurada, podemos perder el control. Son tantas las opciones que se van entrelazando y encadenando, que se genera una red de alternativas que pareciera no tener final. En tal enredo, se va consumiendo como un cigarrillo nuestra paciencia.

Sin embargo, Margarita seguía aún en sus cabales. Sin poder pensar en otra cosa, claro, pero con la cordura aún presente. Tomó un diccionario -hacía rato que no hojeaba uno- y buscó su nombre en él. Margarita es una flor, y así se llama también a un cóctel. Margarita era linda como una flor pero, si seguía esperando, se volvería amarga como el tequila. Sobre todo porque desde la adolescencia se había caracterizado por ser una persona romántica. Su romanticismo no era de telenovela, sino de siglo dieciocho; sin quererlo –o al menos, sin proponérselo de forma consciente-, se dejaba llevar por un misticismo sentimental, viéndose influenciada por la pasión y los instintos más primitivos. Esto podía resultarle contraproducente en algunas circunstancias, ya que la arrastraba como corriente marina hacia las profundidades del dramatismo y la melancolía. Por ejemplo, se abstraía en oscuras y lejanas fantasías cada vez que oía una melodía particular que movilizaba la sangre de su cuerpo como la luna a las mareas. Deseaba fervientemente ser musa inspiradora de novelas, como aquellas que prestigiosos autores latinoamericanos colman de hermosas descripciones minuciosas y poéticas. Margarita quería ser letra de canción, poema, sonata, y esto determinaba el curso de la mayoría de sus especulaciones. Siempre esperaría que el porvenir la volviera protagonista de una expresión artística turbia y emocionante.

Toda su vida sufriría tal anhelo, y jamás se enteraría que alguien escribió este cuento sobre ella. Ni siquiera lo sospecharía cuando golpearan a su puerta y descubriera desilusionada, a través de la mirilla, que no era nada maravilloso ni fuera de lo común lo que la esperaba del otro lado, sino que era él, como siempre, su amigo y autor de su absurda biografía. 

The End!

domingo, 17 de junio de 2012

La no-solemnidad del amor.

La vida gira en torno al amor.
A la falta de amor, a la búsqueda del amor, al amor real, al amor ficticio, al amor concretado o al amor no correspondido, al amor negado, al amor oculto, al amor exagerado, a todo tipo de amor.
El amor a uno mismo, el amor a los demás. El amor a los amigos, el amor a la familia, el amor a las mascotas.
El amor al amor mismo, el amor a la vida misma.
La falta de amor, la antítesis del amor: el odio también es eje, porque la vida se basa en opuestos.

Porque todo lo que hacemos, depende de cuánto amor sentimos.
No hablo de romance, no hablo de telenovelas ni de poesía.

Hablo de amor como motor natural, innato e inconsciente.
Y le saco solemnidad al amor; puede ser sublime, pero puede ser también cotidiano.
Está siempre, el amor o la ausencia del amor, y puede tener diferentes magnitudes.

No se si soy clara.
Me refiero a algo así como que según cuánto uno ama, su vida toma determinado curso, distinto al camino que toma cuando, por ejemplo, se odia.
Si uno ama su carrera, la transita con una dedicación particular.
Si uno odia a su familia, probablemente tendrá dificultades en ciertos aspectos, como lo afectivo.
Si uno ama a una mascota, explora un terreno único e inexplicable de amor totalmente puro y desinteresado.
Si uno odia a la sociedad, vivirá como ermitaño.
Si uno ama a la vida, cuidará de ella tanto en lo ajeno como en lo propio.
Si uno odia la muerte, vivirá con miedo.

...son solo ejemplos para poder explicar mejor mi teoría.

Cabe aclarar que no estoy hablando de utopías, de una ilusión donde todos nos amamos.
Un mundo feliz lleno de abrazos y besos por doquier.
NO. 
Simplemente, siento que todo tiende al amor. Si tamizamos todas las acciones del ser humano, se decanta el amor.

En algunos casos es más evidente, como tener un hijo, por ejemplo.
En otras circunstancias, es más complejo el tamizado.
Pero todo lo que ocurre en la vida de un ser humano, tiene como eje el amor. El resto son accesorios, decoraciones, escenografía.

Cuando un ser muere, deja una estela de amor.
O de odio.

Puede dejar, también, creaciones, descubrimientos; cosas productivas, digamos.
Que son, para mí, materializaciones del amor que sintieron por algo:

Por la literatura, por el arte, por la salud, por la gente, por la vida... infinitos etcéteras.

Pero al final de cuentas, creo yo, todo gira en torno al amor.
Tanto decir la palabra "amor" me marea y me hace sentir cursi. Pero no lo soy, no soy cursi, y justamente por eso creo que veo al amor de una forma menos solemne, y más real y natural.