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lunes, 16 de julio de 2012

Cuento y Reflexión

Tengo abandonado el blog, ando medio bloqueada. 
Para mantenerlo a flote, voy a compartirles otro cuento de los que me publican en www.psicofxp.com.
Y al respecto, voy a hacer un comentario: me gusta escribir cuentos que no cumplan las expectativas. Significa para mi una revelación frente a algo que me molesta de mí misma: el generarme expectativas que luego no se cumplen, y entonces me decepciono. Para romper con ello, me divierte escribir cuentos que generen en el lector una expectativa que luego no se cumple; pero la idea no es decepcionar, sino mostrar otra alternativa que puede ser mejor o no, pero al menos genera esa sensación de ruptura de prejuicios que lleva a uno a reflexionar (en el mejor de los casos). Corro el riesgo de que mis cuentos no les gusten, pero hasta ahora me encuentro satisfecha de las repercusiones, porque les gusten o no, me responden con ideas nuevas que les surgieron luego de leerlos. Y me encanta que se pongan a flashear como yo, algunos hasta empezaron a escribir también sus propios blogs o cuentos =)

Dicho esto, prosigo a presentarles un cuento ya publicado el 23/06/2012 en el siguiente link:
http://www.psicofxp.com/c/articulos/1508-cuento-el-cofre-de-rene.html

Con ustedes, 

El Cofre de René

René padecía una gran maldición: todos los días era una persona diferente. Su personalidad no sufría modificaciones, pero su cuerpo cambiaba, así como también el contexto en el que se encontraba, en cada amanecer. Su familia era otra, sus amigos eran otros, y aunque los reconocía como propios, no eran los mismos que el día anterior. 

Su vida no había sido siempre así. Recordaba cuando alguna vez alguien le advirtió que debía aprender a ponerse en los zapatos del prójimo, o cuando alguna ex pareja le había criticado su falta de empatía. Ahora nadie podría quejarse de ello, ya que sus zapatos cambiaban constantemente y experimentaba todo tipo de condiciones de vida.

Una mañana despertó en la bohemia de una vida de ocio en una mansión heredada, y pasó todo el día disfrutando del pleno hedonismo. En otra ocasión, fue vagabundo, y pasó el día revolviendo tachos de basura, tolerando a duras penas su propio hedor. Alguna vez fue asesino a sueldo, y debió hacer un gran esfuerzo por eludir la encomienda de cometer un crimen. Fue prostituta, fue millonario, fue empleada pública, fue político, fue ama de casa, fue empleada doméstica, fue bailarín del ballet nacional, fue director de cine, fue cantante lírica. Desde hacía algunos años -había perdido ya la cuenta del tiempo transcurrido desde la primera mutación-, había pasado por todo tipo de empleo, clase social, nacionalidad y escenario.

Lo que no variaba era su edad, que mantenía la natural coherencia cronológica, y su imperturbable memoria, que archivaba ordenadamente cada vivencia. Lo cual significaba para René una gran carga emocional; guardaba cada lamento, cada alegría, cada éxito y cada fracaso de todos los personajes que había encarnado.

Exceptuando algunas oportunidades en las que sentía particular fastidio por tanta inconsistencia crónica, sobre todo cuando le tocaba un rol específicamente desagradable o amoral, René había caído en un estado de resignación propio de aquellos a quienes el azar ha impuesto una condición inexorable. Su estado se le presentaba como una discapacidad sin tratamiento posible, una condena irreversible.

Al principio, antes de acostarse, sentía oprimirse su pecho del miedo por la forma que podría adoptar su cuerpo el día siguiente. Llegó a temer, alguna vez, que las mutaciones llegaran al punto de convertirle en un animal, o incluso peor, un objeto. También le sucedió, en algunas oportunidades, que la suerte le ofreció experiencias idílicas de las que se negaba a desprenderse, luchando sin éxito por mantenerse en vilo hasta que el cansancio triunfara sobre su empeño, dejando atrás una morfología agradable para dar lugar a la incógnita que albergaba un nuevo amanecer. Sin embargo, cuando comenzó a acostumbrarse, René se convirtió a un estoicismo poco heroico, más bien como instintivo mecanismo de defensa. Transitó, a partir de ello, por cada metamorfosis con las emociones casi inalterables, y los sentimientos totalmente bloqueados, resguardados en un compartimento mental que creó para protegerse.

Su preciado tesoro era su esencia, su alma que subsistía dentro de aquel cofre de alta seguridad, donde hibernaban sus emociones en un edén privado y secreto. Imposible era ingresar en tal bóveda metafórica, incluso para René, quien se conformaba con preservar allí sus valiosas intimidades, con la certeza de que algún día todo acabaría y podría realizar una excavación introspectiva para recuperar su naturaleza primitiva, intacta e inmaculada a pesar de las periódicas alteraciones. 


.:.:.Fin.:.:.

Ilustración hecha a partir de la lectura del cuento, por




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